No os penséis que por tener un blog de videojuegos juego a menudo a la consola; ni os creáis que lo hacía pero ya no a causa de la universidad y demás obligaciones. Con las portátiles puede porque antes de irme a dormir suelo jugar un rato; pero con las consolas de sobremesa siempre me ha dado mucho palo. Es mirar la tele y darme alergia; el hecho de que encima ahora utilice una tele de tubo con una pantalla diminuta colgada de la pared a un par de metros del suelo en un lugar incomodísimo de mirar, también puede tener que ver (porque yo antes tenía una pantalla plana de 32" chulísima a medio metro de mi sillón, con unos altavozacos que te cagas).
Izquierda: ex-pantalla sexy. Ahí tenía mi PC también. BABAS.
Derecha: Trasto difícil de mirar que uso actualmente. MIS HOJOS.
Por regla general no tengo ningún rato concreto para jugar, así que acabo no haciéndolo y simplemente una vez al mes o así me da por jugar una tarde o desempolvar viejas glorias, para olvidarlas tras un par de horas y esperar otro mes más, o hasta cuando sea que me dé por ahí.
Sin embargo, a veces la magia ocurre. Enciendo la consola una mañana en que no tengo nada mejor que hacer (entre semana no suelo jugar), y cuando me doy cuenta ya es la hora de comer. Y luego sigo, y me doy cuenta de que es la hora de cenar... Y sigo, y mi madre me dice que como es la una se va a dormir. En ese momento exclamo: ¡WTF! ¿¡He perdido un día entero jugando!? Guardo la partida como puedo y dejo la consola porque de noche molesto con el ruido; que sino, aunque me duelan los ojos, seguía jugando. Y es que hay juegos que por un motivo u otro te enganchan. Hoy hablaré de uno de ellos, posiblemente el ejemplo más extremo y evidente... Pero quizá en el futuro haya más entradas así, fruto de la nostalgia; de ahí lo de Vol.1. El título elegido ya ha tenido su análisis en este blog. Me refiero a...